Justo eso estaba yo haciendo hace a penas cinco minutos, cuando estaba plácidamente arropada entre mis sábanas. Llevo unos cuantos días de la misma manera, esperando impacientemente a caer en un profundo sueño mientras una catarata de pensamientos invaden mi mente. Un montón de "quizás...", "quién sabe", "¿y si...?" que no me permiten entregarme a los brazos de Morfeo. Todo debido a lo que ocurre durante el día, por supuesto. Y es que ¿qué sería de la noche sin el día? Sin vivencias que recordar, diálogos que recrear, "ojalás" que soñar. Y paranoias que machacan, te reconcomen por dentro y hacen que el día siguiente empiece lleno de dudas y de esperanzas que has inventado de la nada durante la monotonía del soñar despierto. Lo "mejor" (nótese la ironía en este punto) es que, en tu ingenuidad, piensas que de verdad podría ocurrir. "¿Por qué no? Es perfectamente posible".
Pues déjame recordarte una cosa que mi sabio amigo Calderón de la Barca ya decía en 1635: Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

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